Nunca más
Su sonrisa se diluía en toda la tristeza de su rostro, sutil y sereno a deshoras; demacrado y aniñado en una carrera a contrarreloj. Su mirada perdida y ausente de toda realidad, divagaba a la deriva con todas sus intenciones de ver con los ojos lo que tenía por delante. No por ello olvidaba su manía, a veces algo paranoica otras veces su manera de huir de situaciones comprometidas, se frotaba las manos con la intensidad de alimentar alguna que otra locura, sus dedos se enredaban con sus huesos encogidos y consumidos por los años en un crujido que devastaba el silencio. Entre dudas y con la complicidad de la oscuridad, una trampa de su mente para no advertir la desolación de su existir, se vestía con la cautela de una flor salvaje que se marchitaba por los zarandeos de las estaciones de ida y vuelta a todas las mentiras escupidas por el tiempo. El vestido de intenso negro, tan profundo como una noche sin luna ni estrellas era su luto por todos sus ausentes vivos o muertos, una penitencia que quebraba sus anhelos, sus sentidos. La oscuridad de su atuendo encriptaba sus misterios escondidos bajo una piel cetrina y desconsolada de caricias en amaneceres derramados como la sal en mares revueltos. El vestido de oscuras intenciones, de inviernos venideros, de largo sendero en tan cortas piernas, se ceñía a su silueta como una armadura de hierro fundido, sin definir el punto exacto por donde empezar a desobedecer a los movimientos. Constreñía su cintura en un vuelco al pasado dando la espalda aquella quién fue. El vértigo se acercaba a ella como la mejor solución a no partirse en dos, un golpe de ansia con regusto a plomo bebía de su boca algo deslucida por equivocar los besos, algo desdentada y carcomida de morder las cascaras que otros le dejaron, y ahora sin migajas siquiera y corrompida por la situación, no podía restaurar lo arrollado por el corazón ni construir donde ya no quedaron fundamentos.
Sus zapatos ajados de tanto dar pasos, de tacón afilado por si acaso, elevaba su sucinta estatura un palmo más del suelo. El equilibrio sobre ellos lo perdía cuando desafiaba un imprevisto a la vuelta de cualquier esquina. Entonces se escurría por alguna rendija por la que sólo pasaba un soplido de aire con los zapatos en la mano, tan negros y límpidos como las huellas de su tacto. Comprobada su salvación se dejaba arrastrar por el llanto y rezaba bajo su conciencia todo el dolor, todos sus errores, todos sus rastros descaminados, todo su abandono…
Cerró la puerta tras de sí dejando las desconfianzas y los desvelos a un lado de la cortina que ocultaba su mayor temor, con su vestido bruñido en oscuridad, ceñido a las tentaciones y sus huecos; sus brazos estilizados y serenos embutidos en aquella tela traicionera se entrenaban con el aire los movimientos que salvasen su destino. Bajó la escalera con la parsimonia de encontrar todas las respuestas, mientras sus zapatos taconeaban sus palos y sus quiebros, dos pisos que no se detendrían para salvar la vida de fingir que todo iba bien y compartir custodias y costillas que nunca serían suyas.
Ella, con la conciencia más sosegada, con el consuelo de que después de una caída sólo quedaba levantarse y luchar por las locuras y todas las realidades, sonreía con la tibieza de morir para reinar en felicidad, su intuición siempre por delante de sus ojos desgarraba la espera cuando abrió la puerta del portal, aquella que daba acceso al porvenir que sinrazón improvisó, este se dio la vuelta hacía ella y con un impulso de orgullo y odio; de insultos y reproches; de propiedad privada y de exclusividad contratada le acechó la puñalada mortal. Un alarido atragantado, mudo y el requiebro de un corazón partido en dos cortó el aire en un silencio condenado a llorar otra muerte más.
Ella con su vestido de muerte y sus zapatos de Cenicienta, reposaron en el suelo helador y sucio de miedos y desorden; de fango y sangre; de gritos y ruidos… El verdugo lloró su arrepentimiento y fue el héroe equivocado de su destino. Ella, yace y trasnocha en una tumba donde se confiesan otras como ellas, vestidas y condenadas por querer sin más, y le prometen que NUNCA MÁS OTRA MÁS..
Dolors López






