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QUERIDA AMIGA CLAUDIA: ¡ERES INOLVIDABLE! VII

“Ring…ring…” ¡Hola Rogelio! ¿Puedes atenderme, o estás ocupado  en tus libros y tus escritos, como siempre?

            -Hola Claudia, estoy con lo que has dicho, es parte de mi vida, pero haré “un alto en el camino”, como suele decirse. y me sentará muy bien. Te escucho,

            -Ya sabes, Rogelio, que tengo unas pocas amigas, y con ellas me confidencio muy sincera y lealmente lo mismo que ellas conmigo. Pero una de ellas acude con frecuencia a mí para contarme su pésima relación con su madre, y lo mismo su madre con ella. Cuando me expone sus desavenencias con su “conflictiva madre” como la llama, lo hace con tono alto y mucho enfado, y deduzco  que mi amiga  también es “conflictiva” aunque no lo reconozca. Y me sabe mal que tras escucharla con atención e interés porque la aprecio de verdad, no  sé  cómo mediar “eficazmente” entre ella y su madre, restablecer la armonía entre ambas. y que no sufran. Le dice su madre, Rogelio, que está en “una situación límite”, y explota renegando de lo más sagrado, de Dios, (como si Él tuviera la culpa de lo que le pasa), añadiendo esta blasfemia: “¡Claro, como Él está allá en su gloria disfrutando de sus placeres celestiales, sin ocuparse de los que sufrimos, pues que se vaya a la porra Él y su corte celestial!” (Y cosas más gordas, gritando). Y me cuenta que aprovechando un  silencio de su madre quiso recordarle estas consoladoras palabras, (o parecidas) de Jesucristo: “Venid a mí todos los que estáis afligidos y agobiados que yo os  haré descansar”. Pero no pudo decírselas, Rogelio, porque cuando apenas lo intentó no le dejó seguir, cortándole enfurecida: “¿Jesucristo? ¡Él no sufrió ni la quinta parte de lo que yo sufro!” Tras esta dolorosa conversación con mi amiga yo me quedé muy triste. Y trabajando con evidente inquietud y extraña lentitud en el Huerto, Pepe advirtió que algo malo me pasaba, me preguntó con tacto y delicadeza si necesitaba alguna ayuda, y le referí con detalle lo que te he contado. Me tomó de la mano y me condujo al interior, me sentó en el sofá y él en una banqueta frente a mí, y tras un instante de silencio me dijo con mansedumbre:

            -Claudia, Jesucristo era un hombre cuya naturaleza humana era completa e  idéntica a la nuestra. En su vida experimentó cansancio, hambre, sed, sueño y dolor, exactamente como nosotros. Su corazón latía como late el nuestro, tuvo sentimientos y su mente discurría como la nuestra. Me refiero, Claudia, a su naturaleza humana, no a su naturaleza divina. Lo que dijo la madre de tu amiga, que Él no sintió ni la quinta parte de su dolor, no es cierto. Jesucristo también experimentó “situaciones límite”, en las que sufrió angustia y desamparo en grado extremo. Te relataré una de sus “situaciones límite”. En el Huerto de Getsemaní y poco antes de su muerte, “sudó sangre” al pensar que “sería coronado de espinas, que le abofetearían, que le traicionarían y le colgarían de un madero sangrando hasta morir, salvaje procedimiento romano de tortura. Y le suplicó a su Padre, es decir, a Dios mismo, “que si fuera posible apartara este amargo cáliz de su vida” porque no se sentía con ánimo ni fuerzas para soportarlo. ¡Y por eso sudó sangre, al pensar en la barbarie que le esperaba! ¿Te das cuenta, Claudia, lo que significa “sudar sangre” al pensar en el horror de su condena y de su muerte, siendo inocente de lo que le acusaban, habiendo hecho tanto bien, curando a unos, consolando a otros, y enseñando cada día a las muchedumbres, mediante parábolas, cómo comportarse para ser felices, practicando el Amor al prójimo,  sin distinción de razas, colores, posición social y otras características? Y ahora mira la

 diferencia, Claudia. La madre de tu amiga, en su “situación límite” y solo con su inteligencia “meramente humana” optó por lo peor: ofuscarse, maldecir y no recurrir a quien le puede ayudar a salir de su dramática situación, a “Dios”, ,rechazándolo con desprecio:  Pero Jesucristo, con su inteligencia “no solo humana sino también divina” y por tanto “trascendental” (la que todos también podemos poseer si se la pedimos sincera y humildemente a Él), reaccionó con “Luz sobrenatural y Sabiduría trascendental”, y exclama: “Si es posible pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad  sino la tuya.”  Y la voluntad de  Dios, su propósito, era que “Jesucristo padeciera todo lo que, pensándolo, le hizo sudar sangre”, porque lo eligió para ser el artífice de la Redención del género humano, como así lo comprendió Jesús ¡y lo aceptó! Mira, Claudia, Un eminente escritor, Jesús Urteaga, escribió sobre “El poder divino de lo humano”, dándonos a entender que si una persona se espiritualiza, y mantiene el contacto con Dios  mediante la oración,  siempre pero especialmente en sus momentos más críticos, (como en una “situación límite”), puede encontrar la solución a su dramática situación, no con enfados, depresiones, despotricando contra su destino,  palabras injuriosas y actos desenfrenados, (reacciones propias de nuestra naturaleza humana), sino razonando con su “Inteligencia  trascendental y con su Luz sobrenatural”, es decir, con “El “Poder divino de lo humano”, un Poder de orden superior capaz de transformar lo humanamente imposible en posible, y lo más difícil en fácil y viable..

            -Rogelio, mi “Cultual Amigo Hortelano”, como prefiero llamar a Pepe, dueño del Huerto en el que me acogió, como sabes, y trabajo en él con alegría y felicidad, me sorprendió con sus profundos conocimientos espirituales y teológicos, me colmó de paz  y me siguió instruyendo amablemente con lo que sigue:

            -Claudia, te voy a relatar otra doloroso “situación límite” en la que se encontró Jesucristo. Poco- antes de morir, colgado ya en el madero (y entre dos ladrones como si Él también lo fuera), sangrando y escuchando los improperios de unos  y las burlas de otros que presenciaban su crucifixión, Jesús entró en una crisis humana, (y por ser “humana” muy explicable), pensando que Dios le había abandonado a su suerte, que se las arreglara como pudiera. Sí, Claudia, tuvo esta “flaqueza humana”, esta  ofuscación y desconfianza de su Padre del que tanto hablaba y que tanto  le quería. Y sin poder soportar más el dolor de esta decepción exclamó: “Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?” ¡Qué fuerte, Claudia! ¡Qué fuerte que un hijo le diga a su padre del que espera que le ayude y proteja siempre, cuando más le necesita y pudiendo ayudarle, se desentienda de él! Jesús desconfió de su Padre-Dios, creyó que le había vuelto la espalda, y en ese “estado límite” de su dolor reaccionó como cualquiera de nosotros lo hubiera hecho en semejante situación. Pero como era un ser muy espiritual, supo reaccionar con su naturaleza divina, se dio cuenta de la ofuscación que tuvo, y ya a punto de morir exclamó: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y al instante expiró. ¿Te das cuenta, Claudia? El mismo  que pensó que su Padre le  había desamparado, es el mismo que después confía absoluta y decididamente en Él, ¡entregándole su espíritu, es decir, su esencia real y personal, todo su ser, todo él, convencido  de que su Padre le acogerá “con amor paternal” Su primera reacción, la de desconfianza y decepción dolorosa, fue propia de su naturaleza humana, Su segunda reacción propia de su naturaleza divina, fue gozosa y plena de confianza en Él. ¿Lo vas comprendiendo, Claudia, me explico bien?

            -Claro que sí, Pepe, y te agradezco de corazón todo lo que me has explicado y enseñado, con las luces que me estás dando, Pero, ¿me permites una pregunta que pugna por salir de mi mente?

            -Me dijo que sí, “adelante”, y le dije: “Pepe, ¡tú has estudiado Teología? Me respondió que no, pero que desde hace mucho, mucho tiempo, cada domingo asiste a la Santa Misa. Y en las homilías de cada una ha aprendido muchos conocimientos bíblicos, y muchas instrucciones para obtener una buena y práctica formación espiritual, que le permiten  recurrir, cuando lo necesita, a ese ”potencial divino de lo humano” del que me había hablado.

            -Amiga Claudia, no solo es maravilloso, sino también ortodoxo y  correcto toda la que te expuso nuestro culto  “Amigo Hortelano”, (me place este nombre con el que tú bautizado a nuestro  excepcional Pepe), Mientras escuchaba  lo que te narraba nuestro culta Amigo, me vino a la mente el nombre de un excepcional escritor y novelista alemán, Hermann Hesse, galardonado con el Premio Nóbel de Literatura en 1946, hijo de misioneros, autor de novelas instructivas y formativas como “El lobo estepario” y “El juego de abalorios”, (que he leído y te dejaré para que los leas, como también sus “Cuentos, Relatos  y Meditaciones”). Y fue precisamente este literato que hablando del potencial divino de lo humano del que te habló nuestro Amigo, escribió: “·La divinidad está en ti, no en los conceptos y en los libros”. Bueno, Claudia, cuando me visites, abundando solo un poco más en lo mismo, te citaré otra situación muy penosa de Jesucristo, para confirmar que “no todo fue un camino de rosas y felicidad su paso por la vida”. Y eso le hace a Jesucristo más familiar a nosotros, que también sufrimos en nuestras diversos trabajos y circunstancias  lo que cada uno se sabe.  Amiga Claudia, que tengas un buen día ¡y sé feliz, motivos tienes para serlo!!

Rogelio Garrido Montañana

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