LA MUERTE Y DIOS (II).- La muerte, analizada biológicamente, es cesación
H A C E S D E L U Z
LA MUERTE Y DIOS (II).- La muerte, analizada biológicamente, es cesación
de unas estructuras vivientes organizadas en forma de individuo, a la que hay que añadir explícitamente el carácter de irreversibilidad del proceso. Pero también es común la afirmación de que la muerte representa una anomalía, a menudo angustiosa, de la vida.
Esta idea me ha llevado a admitir que todas las religiones no sólo pretenden instaurar patrones morales y éticos en el mundo; también prometen la vida después de la muerte. En algunas religiones, la vida se prolonga en un paraíso celestial como el cielo de los cristianos o el “al-janna” de los musulmanes; en otras, el espíritu renace en diversas manifestaciones que forman parte del ciclo de muerte y reencarnación descrito como “samsara” en los Upanishad de los hindúes, tal como leemos en “50 cosas que hay que saber sobre religión”, pág. 28 ( Peter Stanford, Barcelona, 2011).
Dada mi intrínseca inquietud por el tema religioso, pienso – hablo con la mayor objetividad posible – que todo el mundo tiene una opinión sobre religión, favorable
o desfavaroble; raras veces es neutral. Ahora bien, ¿realmente la conocemos?. En la religión cristiano-católica, ¿la enseñan debidamente los párrocos en las homilías?.
Desde hace años vivo con la ilusión de que estos “HACES DE LUZ” lleguen a todos los que quieran entender uno de los fenómenos más poderosos e imperecederos que configuran el mundo en que vivimos: la relación DIOS – HOMBRE, idest, la RELIGION.
Naturalmente, en el nuevo testamento el elemento decisivo ha de reconocerse en el acontecimiento de Cristo y en la fe en él que, habiendo sufrido la muerte, la superó y la venció en la resurrección. Por eso mismo en la predicación del reino de Dios tal como resuena en la comunidad cristiana el nuevo “eón” (eterno retorno, ser…) asume rasgos decididamente cristocéntricos y cristológicos, ya que al hacerse Cristo hombre de la estirpe de Adán caído y tomar la “carne de pecado” (Rom 8, 3), se ha centrado en la existencia humana en cuanto que ésta llega a plenitud propia, en su forma ambivalente y oscura, a través del paso de la muerte. Con esto – nos dice la Teología- Cristo ha tomado sobre sí la muerte en cuanto que en el orden concreto ésta no es sino la expresión y forma visible de la creación caída en los ángeles y en los hombres, cfr. “Diccionario Teológico”, pág. 464 (Herder, 1986).
Profundamente inserto en las perspectivas de su antropología, el tema de la muerte ocupa un lugar central en el pensamiento del apóstol Pablo. Todo creyente cristiano tiene que leer ineludiblemente a Pablo, en un tema tan trascendental cual es “La muerte y Dios”. No “la muerte de Dios”, como preconizó inutilmente Nietzche (1844 – 1900) . La muerte y la vida representan realmente las posibilidades antitéticas que se abren al hombre; al hombre “viator mundi”, como lo hicieron Blondel, Marcel, Maritain, Unamuno, Jean Guitton, el Jesuíta Díez- Alegría, etc.
La formulación de esta antítesis, tal como se presenta en Pablo, piensa el teólogo L. Cerfaux que le ha sido sugerida por el ambiente griego, cfr. “Jesucristo en san Pablo”, pág. 107 (Bilbao, 1967), “pues pasajes como 1Cor, 22,23; Rom 8,38, comparados con la literatura de la diatriba estoica, demuestran con evidencia que Pablo ha sufrido el influjo de la literatura griega contemporánea”. Por eso debemos decir que las epístolas de Pablo, a veces, han sufrido interpretaciones anacrónicas y modernizantes.
Es posible agrupar en torno al término “thánatos”, en san Pablo, toda una serie de pasajes capaces de dibujar dentro de un marco suficientemente unitario toda la historia de la salvación. Así lo he concebido yo; y en fecto, Pablo comienza con la culpa del primer hombre, el padre del género humano, por quien entró el pecado en el mundo y con el pecado la muerte….”, como podemos leer en Rom 5, 12-17 y en 1Cor 15, 21. Desde entonces todos los hombres pecaron (Rom 5,12) y mueren en Adán (1Cor 15. 22), de forma que desde entonces reina la muerte en el mundo.
Por tanto, Cristo es el nuevo Adán (1Cor 15,45; Rom 5,14), la nueva cabeza de la humanidad. “Por esto, -cfr. “Dicionario Teológico Interdisciplinar”, pág. 616 -, si él murió por nosotros, es preciso que esta muerte se haga una realidad efectiva para cada uno: tal es sentido del bautismo”. La muerte ha cambiado de sentido después de que Cristo hizo de ella un instrumento de salvación. Aquí radica, pues, la razón y el fundamento metafísico de nuestra vida, de nuestra muerte y de nuestra esperanza en el “Más allá”, tal como nos dejó escrito san Agustín: “Hemos nacido para cosas más grandes” (Ad maiora nati sumus): Cristo, el cual murió para resucitar con nueva Vida, no solamente El sino todos los hombres junto con El.
La muerte era la mayor prueba de Amor que Cristo podía dar al Padre (Jn. 14, 31) y a los hombres (Jn 15,13). Pero con la muerte de Jesús no acabó todo, como pensaron algunos discípulos que después de su crucifixión se marchaban descorazonados de Jerusalén, como nos cuenta el evangelista Lucas (cap. 24,19-21).
Jesús de Nazaret no murió únicamente para conseguir el perdón de nuestros pecados, sino para hacer posible la creación de un Mundo Nuevo, donde viva el Amor. Su muerte destruyó todo lo bajo y sucio que hay en nosotros, para hacernos “revivir” en la Vida santa de Dios .
La muerte corporal de todo cristiano asume un nuevo significado: no es ya un destino inevitable, una condena por los pecados; el cristiano muere por el Señor como ha vivido por él, en palabras de San Pablo: “Porque nadie de nosotros vive para sí, y nadie muere para sí. Pues ya sea que vivamos, para el Señor vivimos; ya sea que muramos, para el Señor morimos. Tanto, pues, si vivimos como si morimos, del Señor somos” (Rom 14, 7s); y semejante doctrina la encontramos, asimismo, en su carta a los Filipenses 1, 20. Por eso, aunque parezca raro, para los cristianos morir es en definitiva un negocio, porque Cristo es su vida: “Mihi enim vivere Christus est – no es una petulancia mía, sino testimonio – et mori lucrum” (Flp 1,21: Pues para mí el vivir es Cristo, y el morir, ganancia).
La condición presente, que lo liga a su cuerpo mortal, escribe el Profesor Juan Noemí, resulta opresiva para él; Pablo preferiría dejarla para ir a morar con el Señor (2Cor 5,8); tiene prisa por revestirse de la vestidura gloriosa de los resucitados. Desea marcharse para estar con Cristo (Flp 1, 23): Supremo deseo inmanente de cuantos seguimos tras las huellas del “Divino pescador”: JESUS DE NAZARET.
Alfredo Arrebola, Doctor en Filosofía y Letras
